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La señorita de los campos rojos

(de la serie “¿me da para mi calaverita?”)

 

 

 

 

De mis romances cibernéticos me quedo con la señorita de los campos rojos,
su nombre era “Katrina” y en su pueblo la gente la suerte adivina,
conseguía virtualmente llenar mis caprichosos antojos
y además de saber conjugar verbos su ortografía era divina.

Sus mensajes recorrían las redes sin respetar la distancia,
llegando hasta América central, África negra o lejano Oriente,
leía siempre sus palabras bebiendo una amarga substancia
y si hubiera fallecido por allí cerca no tenía pariente.

Los días corrían uno tras otro hasta llegar al número trece,
sus mensajes del “Wásapp” me sacaban un suspiro,
un sentimiento llenaba mi alma como la luna que crece
y llegué a pensar si esa mujer no sería vampiro.

Mis ansías arrancaban los deseos más perversos,
como si en Halloween ya quisiera darle de palos a la piñata,
mas la serenidad se impuso y comencé a escribirle versos,
pues primero tenía que conquistar a la gata.

“ ¿Y te acordáis de mí, Alejo?” – escribió en la lengua de Cervantes,
– “mi piel es perla blanca y mis pecas dibujan un cosmos estrecho.”
Tendido boca arriba en la cama imaginaba sus labios lubricantes
y la punzante sensación de tener una estaca en el pecho.

Un día por fin acordamos vernos en carne y hueso
y el encuentro sería al efecto de un sufragio,
mi intención era navegar como pirata hasta robarle un beso,
mas debía remar por la orilla para evitar un naufragio.

Insistió mucho en saber mi estatura
y me advertía que era más alta que otras damas,
solo la huesuda mide antes de dar sepultura
y huevos entierran en la playa las caguamas.

Dijo entonces que calzaría bailarinas,
pues temía que con tacones me vería hacia el suelo,
fruta en gajos son las naranjas y las mandarinas
y de cualquier forma sus piernas me servían de consuelo.

Cuando apareció el lago se pintó de guinda,
nuestras miradas se acariciaron sin pena,
la señorita de los campos rojos me sonrió tan linda
y alivió mis ganas como la maicena.

Estando frente a ella escuché la lectura del santo evangelio
y el todopoderoso me llamaba hacia su trono dorado,
esos fueron mis últimos momentos antes del sepelio
y con esa mujer sí que hubiera habido otro Alvarado.