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17Nada más importa

      Aquella mañana por la mañana Alicia y yo acordamos vernos para comer. Fijamos el encuentro en un restaurant de mutua conveniencia y a una hora del día que no es desayuno ni almuerzo sino la combinación de ambos y que la gastronomía contemporánea le ha bautizado como ‘Brunch’.
      Una amable mesera nos recibió en la entrada, nos condujo a una mesa cerca de la ventana y después de revisar el menú a ella misma le ordenamos dos platillos de huevos. Alicia elige normalmente la simetría de los estrellados, yo la comodidad de los revueltos, ella prefiere completar su alimentación con las proteínas del tocino, yo la fuente de fibra de los frijoles, para ella la espuma del café capuchino significa un toque dulce, para mí las perlitas centrífugas del café americano recién servido es mi compañero amargo. Eso sí, ambos coincidimos en la importancia nutricional de la vitamina C del jugo de naranja.
      Esa mañana me sentía particularmente agotado, la noche anterior la había pasado en el aire en algún vuelo procedente de no me acuerdo cuál lugar. Aquí entre nos, hay veces que todo me duele y con cierta razón el mejor halago que escucho últimamente es que solamente me veo cansado.
No tenía muchas ganas de conversar ese día, en general eso ya es una costumbre en mí, mas ella insistía e insistía mientras le untaba abundante mantequilla a un pan como un artesano que resana cuidadosamente un mosaico.
“Bueno – le dije en un tono un poquito encabronado – si lo que quieres es oír algo, te voy a contar de las cosas que me he quedado con ganas a lo largo de mi vida – y comencé.  En mi juventud cuando tuve la oportunidad de elegir una personalidad, me quedé con las ganas de  haber escogido la de alguien ordinario, común y vulgar. Cuando todavía tenía fuerzas, me quedé con ganas de haber viajado por el mundo con una mochila pesada en los hombros. Cuando tuve alguna vez el vigor, me quedé con ganas de haber tenido muchas novias. Cuando mis inquietudes estaban aún reunidas, me quedé con las ganas de haber experimentado las drogas. Cuando soñaba despierto me quedé con ganas de haber sido estrella de la patineta y héroe de la guitarra. Cuando habitaban en mí los ánimos de socializar, me quedé con ganas de haber formado un círculo de amigos y un cuadro de enemigos. Y sobre todo – terminé mi monólogo – cuando de joven tuve el pleno domino de mi tiempo libre, me quedé con la enormes ganas de haber ido a una de los cinco conciertos que dio Metallica en México en febrero de 1993.”
      La expresión de Alicia  se quedó pelona, como cuando un soplo de aire violento y repentino desprende las delicadas sombrillitas de un diente de león.
      Aquel silencio de mediodía cuando nos despedirnos, nos hizo ver que ella se está convirtiendo sin merecimiento en el cenicero de mis emociones.

 

      Un par de meses después nos encontrábamos ahora en un bar para beber un trago. Es una rutina que hemos acordado para los miércoles por la tarde después de trabajar. A ella le gusta tomar vivo blanco seco, yo, algunos lo saben, soy fiel hasta la muerte a una caña de cerveza. Uno junto al otro mientras bajábamos el nivel de nuestros vasos, ella sacó de su bolsa un sobre y lo deslizó hacía mí anunciando una sorpresa.
“¿Qué es?” – le pregunté.
“Pues ábrelo.”
Se trataba de un par de boletos para un festival de Rock. ¡Ay qué flojera! Fue lo primero que pensé, pero al revisar los grupos de la cartelera  se me puso la piel de gallina. En la alineación estaban todas esas bandas que de joven me quedé con las ganas de ver tocar en vivo sobre un escenario y que por prohibidas razones para la educación de un caballerito y/o por falta de dinero nunca fui y era precisamente Metallica quien daría el show estelar. Si todavía tuviera la capacidad de llorar por alguna emoción, en ese momento definitivamente hubieran dejado escapar algunas lágrimas.
La expresión de Alicia, contrario al del día del ‘brunch’, giró de una sonrisa menguante a la enorme luz plateada de una luna llena que se sobreexpone al negro del cielo.

 

      El día del evento llegó, se trataba de la primera edición del Rock-A-Varia, un festival de rock pensado para la ciudad de Múnich, Alemania. El escenario fue el estadio olímpico, mismo que albergó las olimpiadas de 1972, famosas en el almanaque de la historia por la masacre terrorista de unos atletas israelíes y porque en la final del basquetbol la URSS superó a los Estados Unidos en un polémico juego. Esos acontecimientos por supuesto no los viví, no soy tan viejo, más bien la Wikipedia universal me los ha revelado.
Las instalaciones del Olympiapark cuarenta y tres años después de las olimpiadas han sido reforzadas y modernizadas con la tecnología, precisión y practicidad alemanas y es hoy un espacio monumental que todo le funciona y para todo lo adaptan; cultura, deportes, exhibiciones, exposiciones e incluso ese fin de semana con todo el espectro del Rock Metal era una sucursal del mismísimo infierno.
El lugar tenía tres foros, en el menor de ellos se presentaban bandas frescas y locales, hacían un ruido tan denso que solo oídos jóvenes y tiernos gozarían de esas pesadas vibraciones. El segundo sostenía bandas de mediana reputación, y aunque  internacionales, nada más los metaleros de tiempo completo distinguirían las monótonas canciones. La escena principal, el del óvalo olímpico, ofrecería a los grupos del antiguo calibre de mis tiempos.

      La organización del evento es algo que también quisiera describir, muy civilizada y de sociedad avanzada. A pesar de haber tres espectáculos casi paralelos, el sonido abierto de los altavoces no se sobreponía al otro, la acústica civil había sido calculada para que las aguadas ondas de una guitarra no se encimaran a las de las otras. Había espacios de relajación y esparcimiento, donde la gente se echaba en el pasto o se concentraba alrededor de los puestos de alimentos. Aunque las filas frente a las parrillas eran desbordantes, en un promedio de 10 a 12 minutos uno salía con una salchicha, kebab o hamburguesa en las manos. El servidero de las bebidas era de magnitud parecida, pero la efectividad de los chicos en las barras prometía una bebida en la mano de  5 a 7 minutos, naturalmente el líquido más consumido era la cerveza; espumosa, refrescante, pura, de calidad nutricional y auténticamente de Bavaria. Y quizás alguien se pregunta cómo era para los baños. Bueno, pues había sanitarios por todos lados. Un hombre entraba y salía del mingitorio en 3 minutos. En el caso de las mujeres, que por cierto había muchas del estilo ruda, metalera y tatuada pero de común denominador güera y sabrosa, y su necesidad de sacar agua lo resolvían de 7 a 10 minutos. Todas esas estadísticas de tiempo las sé porque las medí, dediqué mucho tiempo observando gente.

      Hablando de la música y el concierto en sí, hubo 3 bandas de toda esa cantidad que me impresionaron. La primera fue Exodus, un grupo que cuando fui adolescente nunca me llamó la atención, además de que siempre estuvo opacada por las otras agrupaciones clásicas del Thrash Metal, sin embargo ahora que estoy maduro musicalmente, el sonido de Exodus me parece rajante, incisivo y punzante como una aceitada y afilada motosierra.
Los otros que me gustaron fue Kiss, claro no es ninguna cosa nueva. Ellos cerraron el segundo día del festival. Ya era de noche y destriparon toda la pirotecnia que ya nos gustaría en el Zócalo de México ver volar en un día de la independencia. Presentaron todo el show clásico, donde el Gene Simmons vuela, la batería que sube y baja como en la feria y aunque nunca podrán ocultar que ya están reviejos, el maquillaje y los vestuarios siguen siendo espeluznantemente de primera.
      La tercera banda que me gustó, y es el segundo motivo de este relato, fue por supuesto Metallica. Tocaron al cierre del tercer día y con eso la conclusión del festival. Su espectáculo es más sobrio en cuanto a las chispas y las flamas pero tocan con una divina maestría y una exquisita intensidad todos los temas clásicos de aquella era; mi era. Quise de nuevo llorar, porque me sentí triste de constatar que no solo yo, sino también los héroes se cansan y la edad los alcanza. El James Hetfield tiene arrugas notables incluso sobre las marcas de acné, el Kirk Hammett se llenó de canas como un oso panda y Lars Ulrich está calvo y jadea en cada redoble. En fin, no obstante el futuro, será algo que nunca olvidaré.

      Al final cuando todos hacíamos fila para salir hacia el subterráneo, como tanques de guerra enviados por el gobierno de Múnich, unas barredoras automóviles aparecieron en el Olympiapark aspirando todo lo que encontraban a su paso.

      Y la razón primaria por la que escribo esto, es para agradecer a Alicia el haber realizado uno de mis sueños y reconocer secretamente que es muy buena conmigo.

      En un pasado de transcurso inmediato, la noche de anoche me quedé con ganas de haber disfrutado otra cerveza.

 

 

 

 

 

 

Una respuesta a 17

  1. Ninoska Castro dijo:

    Oye Alejandro me encanta como escribes!!!

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