15

15quiniela

     

 

     En aquellos días de 1985 el tío Arturo manejaba un Plymouth Duster modelo 72, deportivo, color rojo diablo. De profesión era paramédico, y aunque pudo aprovechar la ambulancia, era en aquella nave de fierro de dos puertas con forma de flecha en la que nos llevó varios fines de semana a la Arena México de la colonia Doctores y al Toreo de Cuatro Caminos de Naucalpan a ver las luchas. Él tenía una exótica simpatía por los luchadores de estilo rudo, en especial apoyaba a un trío de nombre “Los Brazos”, tres gordos macizos de baja estatura cuyo diseño de máscara tenía como antifaz la silueta de un gladiador levantando los brazos.
      La experiencia de ir a luchas era sui géneris, significaba la batalla entre personajes elevados al grado de héroes o tiranos sobre un cuadrilátero encordado. Cada espectador invertía en las luchas la credibilidad que quisiera y para disfrutar el espectáculo era esencial entender la diferencia entre silbar y chiflar; silbar es una expresión de aliento expulsado por la boca que con la distorsión de los dientes, la posición de la lengua y la firmeza de los labios produce una onda musical suave, chiflar es la misma cosa pero con la intención de recordarle la madre a alguien. Al final de las funciones de luchas, a los niños les era permitido subir arriba del ring y simular lances desde las cuerdas y aplicar llaves sobre la lona a otro niño que se dejara.

      El ciclo escolar de segundo de primaria fue sin duda el más vibrante que viví. Me viene al recuerdo con claridad aquella mañana del 19 de Septiembre de 1985, contaminada, gris, lagañosa y abrazada de flojera como yo percibía todas y cada una de esas mañanas de camino a la escuela. Siempre me estresó la escuela y en un cálculo burdo, mi madre dedicó unas 1620 desmañanadas y viajes a través del tráfico del sur de nuestra ciudad para hacerme aceptar que estudiar y trabajar es el lado seguro de esta vida. Aquel amanecer del 19 el cielo se veía quebrado y entre la congestión de coches se alcanzaba a escuchar una marcha apocalíptica. Mi mamá me dejaba a las 7:10 en el colegio, siempre me acompañaba hasta la puerta y nunca faltó que antes de separarnos me recordara el menú de la lonchera y me cubriera con su bendición. Ese día tuvo la particularidad que 9 minutos después, a la 7:19, tembló. Un sismo de magnitud 8.1 grados en la escala Richter con duración de 2 minutos. Dos minutos que se sintieron como 20 y me acuerdo, como si hubiera sido ayer y no hace 29 años, de aquel ambiente de desamparo mientras las estructuras de los edificio se ablandaban como en desmayo, el suelo trepidaba como en histeria y todos los niños nos arrodillamos en católica reacción a rezar para que la Tierra se calmara.
      En junio de 1986 México organizó el mundial de futbol. Los días martes 3 y miércoles 11 de junio, en los respectivos juegos de México contra Bélgica e Irak, la escuela suspendió las clases. Bendito sea el futbol. Ese mundial del 86 debería estar en los libros de historia, pues hoy nadie se podría imaginar que hace 28 años Irak participó en una competincia deportiva internacional.
      El sábado 7 de junio de 1986 México enfrentó en partido de grupo a Paraguay. El marcador iba 1 – 1 y al minuto 88 del segundo tiempo una falta inventada por el árbitro sobre Hugo Sánchez nos daba la oportunidad de ganar el encuentro, claro, aunque faltaba anotarlo. El mismo “pentapichichi” envuelto en confianza cogió el balón y todos sabían que Hugo Sánchez pateaba los penales al costado derecho del arquero. Hugo tomó distancia, se perfiló de zurda, echó carrera al silbatazo y pateó el balón justamente como se esperaba, a la derecha donde la mano del portero lo rechazó. Ese instante en particular nos marcó para siempre en los torneos de balompié y exponía al mundo entero que el futbolista mexicano no tiene suerte a la hora de los penales.
      Lo mejor de ese mundial fue el partido de octavos de final contra Bulgaria el 15 de junio. Al minuto 35 del partido, Rafael Amador recupera un rechace en la media cancha, adelanta el balón por aire a Manuel Negrete en la media luna del área chica, recibe de zurda, controla, se apoya con Javier Aguirre quien como pared le regresa el esférico y Negrete en el aire en un lance de “media tijera” remata de primera intención para colocar la pelota pegada al poste izquierdo de la portería, ¡inolvidable, caray, un golazo!
      En los cuartos de final, el 21 de junio, Alemania Occidental usó la sucia y recientemente aprendida estrategia de aguantar el resultado sin goles 120 minutos y acorralarnos a la suerte de los penales, nada de Blitzkrieg como hubiéramos pensado y los germanos nos echaron de nuestra propia fiesta. Me acuerdo con desagrado que cuando “Die Mannschaft” nos venció, hicieron un video musical donde los jugadores cantaban; “Mexikooo miii amooogr, mi amooogr, mi amooogr” y nunca entendí si esa fue una canción dedicada a nuestra hospitalidad o a nuestra inocencia. Como sea, fue una enorme desilusión quedar de lado en ese evento.

      Si siguiera hablando de mundiales podría recopilar mi propio almanaque y hablaría del excéntrico Jorge Campos, no dejaría fuera a mis dos grandes ídolos, Cuauhtémoc Blanco y Luis “el matador” Hernández y narraría entre miles de cosas como en Francia 98 Alemania nos volvía a eliminar en octavos de final (siempre se supo, hay que tener desconfianza de los alemanes). Sin embargo se me antoja remembrar en particular lo de este mundial pasado.

      El “tri” había clasificado gracias a la bondad de un partido de repesca contra Nueva Zelanda que la Federación Internacional de Futbol Asociación había diseñado.
      Miguel “el piojo” Herrera había tomado de emergencia el puesto de Director Técnico de la selección nacional. Hasta entonces del Señor Herrera yo tenía dos imágenes, la primera cuando integraba la aguerrida defensa de aquel increíble equipo del Toros Neza que remontaba con testosterona en pocos minutos marcadores en desventaja y la segunda cuando en 1994, jugando con el Atlante, al final de un partido le puso una madriza a un aguador que lo rozó por la espalda mientras lo entrevistaban y definitivamente ese carácter explosivo era necesario para elevar la personalidad de los 23 jugadores seleccionados.
      Y al punto que quiero llegar es al partido número 51 de la quiniela, 29 de Junio, Holanda contra México y que mi país haya llenado ese espacio del calendario mundialista fue para mí una alegre sorpresa. El equipo tricolor había jugado bien los primeros 3 partidos de grupo y eso repartió confianza a los mexicanos. En ese partido 51 hubo un duelo natural, Arjen Robben, atacante holandés, contra Rafael Márquez, defensa mexicano. Casi al final del primer tiempo, hubo un contacto dudoso de Márquez sobre Robben dentro del área que pudo cambiar la perspectiva del partido, mas esos pequeños choques tenían que pasar para dar chispa al encuentro.
      Al inicio del segundo tiempo, al minuto 48, Giovani Dos Santos tomó un rebote en tres cuartos de cancha y aprovechó el desajuste de la zaga naranja para pegar un zurdazo y meter el balón por el poste izquierdo del portero. Qué bonita emoción invadió mi cuerpo y fue inevitable no pensar en las matemáticas futboleras: sí México ganaba 1 – 0 a Holanda y Costa Rica ganaba a Grecia el partido 52, entonces podíamos enfrentar a los ticos en el partido 59 y meterles unos 3 o 4 goles para quedara claro a los ojos de todos quién es el jefe de la CONCACAF, después México seguiría avanzando y tomaría un lugar en el partido 62, que de acuerdo a las combinaciones de los partidos 55 y 56 podía ser Argentina, Suiza, Bélgica o Estados Unidos, no importaba, pero sí tocaba enfrenar a EUA sería la mejor ocasión para también repartirles una canasta de goles a los gringos. Y fue imposible contener la ilusión de pensar en el partido 62 y por qué no soñar con el 64 y conquistar la copa. En fin, una serie de posibilidades que empezaron a desvanecerse como arena entre las manos al empate, 40 minutos después del gol de Giovani, y que tristemente murieron cuando en el tiempo de compensación en una jugada frente a frente en línea de fondo del área mexicana, Rafa Márquez pisa fuerte el césped a pocos centímetros de la pierna de apoyo de Arjen “la golondrina” Robben y en una ridícula actuación de drama engañó al árbitro quien pitó falta. Eso, señores, por supuesto que nunca fue penal y sentí un terrible desconsuelo pues yo siempre he deseado que un día México sea campeón del mundial.

      Ni modo.

     En 1988, el temible trio de Brazo de Oro, Brazo de Plata y El Brazo perdieron una lucha de apuesta de máscaras contra otro trío de nombre “Los Villanos”. Un duelo de honor sangriento. Cuando a Los Brazos les retiraron las máscaras de los rostros y el anunciador revelaba al micrófono su ciudadana identidad, sentí una profunda compasión conocer que los tres derrotados hermanos Brazos se apellidaban Alvarado. Y por cierto, en el futbol, el apreciado tío Arturo siempre le ha ido a los Rayos del Necaxa.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s