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14Magnolias

     La botánica ha reconocido unos 200 tipos de magnolias. Las magnolias se diferencian de otros grupos de flores porque no tienen sépalos, sino tépalos, que es un elemento intermedio de los pétalos, y es justamente su alegre forma, su azucarado aroma y su tersa textura, lo que hace que los escarabajos se acerquen.

     La historia que voy a contar no tiene que ver con flores, sino con florecer. Comenzó un viernes que como buen aprendiz de sagitario la pasaba solitario. El tiempo en aquellos prematuros días del año llevaba una inusual prisa. Por aquellas tardes, una extraña obsesión por las canciones de Raphael me invadía, culpable de eso pudo ser la casualidad, pues recientemente había traído conmigo un disco de éxitos que había encontrado en un baúl en la casa de mis padres, aunque más bien se ligaba a la asociación sentimental que los bohemios llaman nostalgia. Tocaba aquellos grandes temas una y otra y otra vez; Mi gran noche, En carne propia, Desde aquel día, Balada triste de trompeta, La llorona, etcétera, etcétera, hasta el grado de sentir compasión por la música, que en su estado abstracto tiene que batallar eternamente, cabalgando épicamente sobre ondas acústicas, contra la reflexión, la refracción, la absorción y la dispersión del espacio. En fin, si tuviera que describir el ambiente de aquella tarde de viernes, la palabra sería ‘consuetudinario’. De repente mi cuerpo protestó, una sensación de resequedad se manifestó, mi alma reclamaba su fertilizante y como siempre he cultivado la doctrina de que “no solo con pan funciona un hombre”, salí de casa en búsqueda de una cerveza.
     Supe exactamente hacia dónde dirigirme, a ese cotidiano y concurrido lugar cerca de la estación que los oficinitas frecuentan después de trabajar para intercambiar frustraciones y que al mismo tiempo sirve como una sala de espera de inspiraciones pasajeras.
     No tardé mucho en llegar e imaginé con anticipación que podía encontrarme caras conocidas. Justamente entre la multitud identifiqué a mis colegas, me integré a ellos y por su aspecto desalineado deduje que ya llevaban largo rato allí conviviendo.
     Supliqué una disculpa por no haber estado con ellos desde el principio y utilicé el único y gastado pretexto que me queda decir en esas situaciones.
     – Perdón compañeros, pero es que primero tuve que ir a la casa a lavar.
     No pasó más de un minuto y pronto ya tenía un tarro con cerveza en la mano. Tampoco tardé mucho en contagiarme de carcajadas. Notaba con delicia como aquel brebaje de cereales me llevaba seductoramente a un estado de alegría. « ¿Cómo? – pensé – ¡Con una y ya estoy ‘happy’! …debe ser que a mi edad la tolerancia se ha decidido a abandonarme. »
     Cuando llegó mi turno de pagar una ronda todos se negaron. Uno argumentó supuestamente conducir, otro dijo tener que atender a su esposa y el último recicló el percudido pretexto de irse a casa para lavar. Al final me quedé solo, mas no me sentía como para terminar la noche tan pronto y decidí responsablemente beber una última.
     Me acerqué a la barra donde una atractiva y rubia señorita preparaba cocteles hábilmente, con sólo mostrar el tarro vacío ella entendió mi mensaje, siempre sostuve que la comunicación más sensata es precisamente la que ahorra las palabras.
     Mientras esperaba a ser servido, a un lado de mí y recargado en la barra noté “una presencia”, o más bien “una ausencia”. Se trataba de un hombre con aspecto de dandi, su estilo era impecable, sus rasgos finos, su bigote delicadamente estilizado, vestía sobriamente como de ceremonia y con sus dedos sostenía celosamente en el aire una copa en forma de garza, la cual contenía un líquido dulzón y espumoso que al darle sorbos de colibrí le hacía brotar sonrisas. Escuché a aquel caballero dirigiéndose a mí con una voz estereofónica:
     – ¡Eh tú, galán! ¿Ya viste para allá? Ahí te hablan.
     Por simple reacción volteé hacia donde me aconsejaba y observé a una pareja charlando, por el abismo que los separaba, deduje que no había ningún puente íntimo entre ellos. Obviamente mi atención se detuvo en ella, una mujer bella como una estrella, alucinante como un diamante y protegida por un espíritu fuerte que me dejó inerte.
     Giré de regreso la atención hacia mi tarro, le di un trago y le pregunté a mi nuevo compañero que quién era él. Entonces cómodamente el dandi o caballero cupido me respondió:
     – Si he sido súbito y entrometido, puedes llamarme ‘la suerte’, o si soy inoportuno y forajido, entonces llámame ‘el destino’.
     Ambos bebimos otro sorbo, reímos y posamos de nuevo la mirada en aquella adorable mujer. Para mí era imposible despegar los ojos de ella y hubo un justo instante en que su mirada se alineó con la mía. Fue como un encuentro con dos galaxias que paralelamente me arrastraron y lentamente me derretían. De inmediato escuché un coro de sirenas, y no de las que me llaman a atender emergencias de trabajo, sino de las que entonan gloriosamente las voces de las hijas de Neptuno. Dudé un poco en acercarme, mejor dicho dudé bastante, pero finalmente el deseo se impuso y ayudado por el valor que aporta la cerveza, me atreví.
     Una vez frente a ella y su amigo, se formó un triángulo rectángulo, siendo el lado de menor distancia el cateto invisible trazado entre ella y yo. Haber actuado de esa forma fue culpa de su geométrico encanto. Cerca de ella sentí hasta el fondo de mis pulmones la rosa substancia de su fragancia, su cabello castaño me hizo volar al Júpiter de antaño y su rubor canelo fue en ese momento la envidia del cielo.
     De entrada, la verdad, no supe que decir y pensé que lo más sincero era asignarle la responsabilidad al dandi de la barra.
     – Discúlpenme si interrumpo, – les dije apenado y señalando hacia la barra – pero es que aquel caballero me sugirió que lo hiciera.
     Los tres miramos sincrónicamente, su amigo frunció la frente y con una sospechosa mirada me insinuaba que yo era un loco, sin embargo ella sí parecía comprender de lo que se trataba. Del otro lado, aquel cupido en su relajada e inamovible posición se acariciaba su aterciopelado bigote, alzó la engarzada copa, guiñó un ojo y brindó para nosotros.
     Roto el hielo comencé a hablarles, intentando una conversación grupal, mas el descaro se desbordaba hacia ella.
     Ese primer contacto fue breve, estándar, introductorio, simple, de interacción corta aunque en constante recto-verso. Me esforcé por dar una primera buena impresión. Elaboré los enunciados más apropiados que mi limitada dialéctica pudieron formar, usé apropiadamente acentos, puntos, comas, comillas, paréntesis, corchetes, guiones y diéresis, para expresar todo tipo de ‘caritas’ que mi ortográfica creatividad pudo dibujar.
     La noche terminaba con campanadas y yo como noble ceniciento debía estar en casa antes de cruzar la medianoche. Sin embargo antes de partir, Alicja y yo intercambiamos contactos.

     El día siguiente me levanté temprano como es mi costumbre. Después de ducharme, empaqué ropa, una piyama y productos de higiene básica en una maleta. De lo poco que leí de Gabriel García Márquez copié una frase que ha sido mi filosofía para empacar: “andar libre y ligero significa un par de calzoncillos, uno puesto y el otro secándose”. Debo confesar que esa mañana me atacaba una sensación de temor, diferente a la androfobia que siempre me causan los aeropuertos, era más bien un fantasma que hacía con mi garganta un nudo. Era un sentimiento influenciado por el alba que lucía desvelada y su amante el horizonte que tenía resaca, amplificado por la triste escena de un refrigerador que se quedaba vacío, un disco de éxitos de Raphael que por algún tiempo no giraría, la oscuridad que en relevo descansaría en mi cama y sumado con el espectro de soledad que se despedía de mí en el umbral de la puerta. Pero sobre todo le tenía miedo a esa incertidumbre, de que la historia de la noche previa se desvaneciera en la distancia y eventualmente el tiempo completamente la borrara.
     Ese sábado iniciaba una travesía más en cumplimiento de una de mis misiones de campo, Omán sería el destino.

     Al llegar a Mascat en la madrugada abordé un taxi. Recordaba fielmente la primera vez que pisé Omán, años atrás, y que me quedé frito, no por los 40 grados Celsius que calienta las calles como una plancha con aceite, sino por la perla de ciudad que tiene como capital. Mascat inicia a la orilla del mar, es una colección de edificios blancos con ventanas ojivales y de entre esas fachadas de colmena resaltan los coloridos bulbos de las mezquitas que apuntan hacia el cielo. Aquella primera vez me sorprendió también descubrir que en la península Arábica existen las montañas, obviamente de un aspecto horneado y mascabado, pero que dan al desierto un místico paisaje para inventar los mitos y las fábulas. En ningún otro lugar he visto que el reflejo de la luna sobre el mar imite el tono del marfil así como lo hace sobre el océano Índico.
     En cada una de mis visitas lo primero que me concierne es saber sobre Su Majestad el Sultán Qaboos, un personaje que mi pobre juicio define como extraordinario.
     – ¡Oiga! – le pregunté al taxista mientras manejaba – ¿y ya se sabe quién va a sustituir a Su Majestad?
     – Es un tema muy complicado, Señor, pero ‘insha Allah’ el sultán vivirá todavía muchos años.
     Y es que desde que conocí la historia del Sultán Qaboos, su personalidad me tiene particularmente fascinado. Su Majestad el Sultán creció bajo un régimen estricto y tribal, y su padre, como en toda familia real, le dio absolutamente todo. Recibió la educación de una academia militar sin embargo hoy gobierna su país con una política generosa. Lo que más me conmueve de su pasado es que el Sultán estuvo en matrimonio con una de sus primas, de la cual pronto se separó y ni siquiera le hizo un hijo, nunca se volvió a casar y esto hace que hoy mucha gente, incluido yo, se preocupe por el sucesor del viejo Sultán. Su Majestad es un personaje atípico, ya que a diferencia de sus vecinos, jeques petroleros apasionados de las carreras Fórmula 1 y las caravanas del ‘shopping’, el Sultán Qaboos es un melómano, y hace algunos años inició el proyecto de construir un lujoso alberge para la música. Fue hasta ahora, en esta última visita, que tuve la oportunidad de conocer la Real Casa de la Ópera de Omán. El edificio es desde lejos impresionante, blanco por supuesto. Las bases de mármol, los acabados dorados, la más fina madera y las más suaves alfombras hacen que las musas se sientan cómodas para ensayar sus recitales. Esa noche se presentó una soprano desconocida y debo admitir con vergüenza que no alcanzo a entender la ópera.

     Bueno, cinco semanas después, regresé del vía crucis por los desiertos, totalmente agotado y con la marca de los latigazos del sol en los brazos y cuello. Pensaba ponerme en contacto con la chica de aquella noche, pero francamente creí el caso sin sentido.

     Un par de días después fue ella quien buscó el contactó, nunca me lo esperé así y la sorpresa fue el fósforo que encendió una ilusión. Nos encontramos bajo el contexto de una cita y fue suficiente una vez para constatar que la Química tiene que ver más con la magia que con la ciencia.

      En fin… describirte a Alicja podría dejarte un sabor empalagoso o garapiñado de tanto almíbar. Sólo voy a decir que pasamos mucho tiempo juntos, disfrutamos caminar uno a lado del otro y cuando su mano encuentra la mía, me guía por un país de maravillas.

Una respuesta a 14

  1. Luis Raúl alvarado y cerna dijo:

    Nos encanta,te queremos. Napoleón y Josefina

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